Sigo transcribiendo mi conversación con Marcel.lí Antúnez y hay una palabra que no se explicita en nuestra charla, y sin embargo está presente en todo momento como núcleo de muchas de las acciones creativas relativas a la preservación y transmisión que Marcel.li realiza en pos de la supervivencia de su obra.
Obsolescencia.
Cuando muchos artistas comenzaron a trabajar con “nuevos medios” aún pocos podían imaginar de los derroteros que adoptaría el mercado tecnológico, mucho menos aún, calcularían lo que se dio a llamar posteriormente el fenómeno de la obsolescencia programada.
“En términos generales lo que pasa es que a principios de los años ’90, cuando una serie de agentes –además Barcelona es un buen ejemplo porque está Sergi Jordà, están los de Kònic, estoy yo, etc. – (…) habíamos depositado unas esperanzas [en los nuevos medios] como ocurrió en los ’80 con la música, en que con ellos se podría llevar a cabo tareas complejas o dar nuevos sentidos o nuevas formas de narración, y que se abría un nuevo mundo y que valía la pena apostar en eso. Entonces eso se hizo en mi caso, y creo que en la mayoría, sin prever las consecuencias porque nadie las sabía, ¿no? Entonces ahora, 25 años después, ya hay una perspectiva sobre lo que significa” (conversaciones con Antúnez).
Y, efectivamente, esta sensación de obras que se escurren entre las manos de los artistas –por no decir, más concretamente, que mueren en discos quemados o DVDs ilegibles– es bastante generalizada. Frente la realidad de esta pérdida silenciosa, emergen diversas tácticas y herramientas dentro y en los márgenes de las instituciones de la memoria, prácticas de preservación articuladas por proyectos y también modos de dejar vivir y crecer las obras, simplemente, en manos de artistas y de terceros.
Mutar, transformar, reemplazar, recrear, documentar, reconstruir… verbos estrechamente unidos a la tarea de mantener vivas las obras de arte de los medios.
“Como estas obras las hice en el 85, y el artista está vivo, tomo decisiones como si las obras estuvieran tan vivas como yo. Intento respetar, desde luego, lo que no voy a hacer ahora es meter un mecanismo, unas palancas y tal, pero si me encuentro, por ejemplo, que hay un desgaste brutal y hay un material que no se tomó en cuenta en su momento y que permite que el desgaste sea mínimo, se lo voy a poner. Eso lo tengo clarísimo” (conversaciones con Antúnez).
Vivas: accesibles, activas, contestables, transformables.
“Si puedes ayudar, si tu trabajo puede servir para alguien o la experiencia de lo que has vivido queda transmitido en tu obra y luego eso se refleja a lo largo del tiempo y tiene un soporte que la gente [pueda volver a acceder] (…). Lo que pasa es que el mundo del arte, desde 500 o 600 años se estructura en base a unos soportes que han resistido más o menos el paso del tiempo y se puede reflexionar sobre ellos y se puede volver a ellos, de tal manera. Igual que la literatura, tu puedes poner a Heródoto que escribió hace 2500 años y compararlo con el tío que ayer” (conversaciones con Antúnez).
¿Cómo revistaremos nuestras producciones artísticas contemporáneas post entrada al mundo digital? ¿Cuál será el formato para su transmisión? ¿Qué ideas sobre lo que hay que transmitir –y sobre quienes recibirán ese legado, y en qué contexto– pueden leerse en cada uno de esos formatos o modos?